Si un visionario es alguien capaz de anticiparse a los problemas y sugerir soluciones con décadas de adelanto, es indudable que Richard Buckminster Fuller lo era; desde el cambio climático a la desaparición de los recursos naturales y energéticos, nuestras grandes crisis sin resolver ya le preocupaban hace casi ochenta años. Fue además uno de los primeros en afirmar que el ordenador sería una herramienta que cambiaría el mundo.

Sin embargo, prácticamente nada de lo que este futurista utópico imaginó llegó a materializarse. La gran mayoría de sus proyectos, desde los coches con tres ruedas a los edificios ligerísimos transportados por zeppelins o ciudades submarinas, fracasaron o nunca llegaron a ver la luz. Incluso los que sí tuvieron éxito, como sus célebres cúpulas geodésicas, parecen hoy reliquias olvidadas de otro tiempo, fósiles de un futuro que nunca se hizo realidad.

¿Por qué nos fascina entonces todavía su figura, y por qué se mencionan sus ideas una y otra vez en el trabajo de los mejores científicos, artistas y diseñadores de nuestro tiempo? Veinticinco años después de su muerte, el Whitney de Nueva York explora la vigencia de su legado en Buckminster Fuller: Starting with the Universe, una ambiciosa exposición que intenta determinar cuánto tuvo de genio y cuánto de charlatán.

Las consecuencias de una revelación

No es fácil saber quién era realmente Buckminster Fuller, ya que su vida se oculta detrás del mito de un personaje que él mismo estuvo encantado de alimentar. Pero la historia oficial es más o menos la siguiente. Hijo de una de las familias más prominentes de Nueva Inglaterra, mal estudiante expulsado dos veces de Harvard, a finales de los años veinte una crisis personal le lleva al borde del suicidio.

La causa no está clara; algunas versiones apuntan a la muerte prematura de su primera hija, otras a su ruina económica, las más recientes a su afición al alcohol y al fracaso de su relación con una amante. El resultado es una epifanía personal que le lleva a entender que “su vida no le pertenece, sino que es propiedad del universo”.

A partir de ese momento entendería toda su vida como un experimento donde él sería la cobaya, un intento de responder esta pregunta: ¿qué puede hacer un individuo cualquiera por mejorar la vida de toda la humanidad, sin hacerle daño al planeta?

Dynamic maximum tension

Adoptando como lema la idea de crear “lo máximo con los menos recursos posibles”, Bucky se lanza a promover proyectos que replantean por completo los parámetros de la vida cotidiana bajo la marca Dymaxion, una contracción inventada de las palabras Dynamic Maximum Tension que se convertirán en su marca de fábrica.

Dos de los conceptos más contemporáneos de nuestro tiempo, “sostenibilidad” e “innovación”, no hubieran existido sin su influencia.

Aquí nacen el Coche Dimaxion, un automóvil capaz de girar sobre sí mismo y que en el futuro debería poder volar, el Mapa Dymaxion, capaz de proyectar el globo en un poliedro para desplegarse en una red de muchas formas diferentes o la Casa Dymaxion, una casa prefabricada que cuesta lo mismo que un coche, pesa treinta veces menos que una de ladrillo, y se monta en dos días.

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Todos estos proyectos y muchos otros fracasan comercialmente, pero le proporcionan popularidad mediática y una gran notoriedad que le lleva a impartir clase en el prestigioso Black Mountain College -donde es colega de John Cage o Merce Cunningham- y a embarcarse en una gira internacional de conferencias ininterrumpida prácticamente durante cuarenta años.

Su capacidad para dar charlas de hasta diez horas le convierte en un mito para los jóvenes, que le escuchan fascinados a la vez que admiten que no entienden casi nada de lo que dice.

Las cúpulas geodésicas

Fuller nunca tuvo miedo a los fracasos, y su curiosidad constante le hizo acercarse a multitud de disciplinas. Su pasión por crear un sistema alternativo de geometría le abre la puerta del que sería su mayor éxito técnico y creativo: las cúpulas geodésicas.

El mayor ejemplo de la filosofía de “hacer más con menos”, las geodésicas son las estructuras más grandes que se pueden construir con la menor cantidad de material posible. Su impacto fue inmediato, y empresas como Ford e instituciones como el ejército americano fueron sus primeros usuarios.

Una de ellas se convirtió en el emblema de la Exposición Universal de 1965. Pero tampoco eran técnicamente perfectas: tenían la irritante costumbre de sufrir goteras. Dos años después de su muerte, se descubre la molécula de carbono C60, que reproduce la estructura de una cúpula geodésica. Hasta el día de hoy, se conoce como buckminsterfullereno.

La sombra de Fuller es alargada

Lo que convierte a Fuller en una figura especialmente relevante es la impresión de que lo más importante de su obra no fueron sus propuestas concretas para reinventar la casa, el coche o la ciudad, sino su capacidad para forjar ideas inspiradoras y transformadoras que se dejan sentir ahora en incontables sitios. Dos de los conceptos más contemporáneos de nuestro tiempo, “sostenibilidad” e “innovación”, no hubieran existido sin su influencia.

En su visión del mundo el planeta es un conjunto de flujos y redes donde lo que ocurre en un sistema afecta a todos los demás. Propuso una nueva clase de diálogo fluido y fértil entre la ciencia, el arte y la tecnología, y planteó que el mejor maestro de los creadores debía ser la naturaleza, el más eficiente de los diseñadores; a esto lo llamamos hoy “biomimetismo”.

Su arquitectura barata, sostenible y nómada ha influido al movimiento de arquitectos humanitarios y activistas, desde Cameron Sinclair y Shigeru Ban a Santiago Cirujeda. Y fueron sus ideas las que a través de la contracultura californiana de los 60, inspiraron a los creadores de la WELL, la primera comunidad virtual en internet.

Probablemente, el propio Fuller consideraría hoy que el verdadero éxito de sus proyectos fue el experimento en que convirtió sus ochenta y siete años de vida. Un experimento que invita a cualquiera a replicar en la que es probablemente la más famosa de sus citas:

“Si el éxito o el fracaso de la vida en este planeta dependiese de quién quieres ser tú, y de qué es lo que quieres hacer, ¿quién querrías ser? ¿Qué querrías hacer?”

 

Artículo de EL PAÍS…………………………………………………….

Un Leonardo con gafas de pasta

Inventor, científico, matemático, arquitecto… Bucky Fuller lo fue todo en el mundo de las ideas. De éxito moderado, pero altamente inspirador, se convirtió en un icono ?hippie?. Una exposición en Nueva York le rinde tributo.

 

Buckminster Fuller, Bucky para los amigos, conocidos y miles de admiradores que le escucharon disertar durante horas en las últimas décadas de su vida, siempre fue un tipo peculiar. Un optimista sin remedio convencido de que había suficientes recursos para todos y de que la mala gestión tenía sus días contados. Su obsesivo credo era que había que intentar hacer más con menos, ahorrar materiales y tiempo; organizar los recursos naturales de forma inteligente; valerse de la tecnología punta para alcanzar la utopía. Con tres relojes en la muñeca y unas características gafas de pasta negra, este hombre bajito de rostro redondo y simpático dio la vuelta al mundo más de una treintena de veces y pregonó su ideario científico en unas 6.000 conferencias. Además, escribió nueve libros sin puntuación y desde los 12 años hasta su muerte, a los 87, guardó un exhaustivo diario en el que coleccionó fotos, dibujos, cartas, facturas, escritos y cuanto papel se cruzase en su vida. Era parte de un experimento en el que intentaba averiguar de cuánto era un hombre capaz durante su vida, así que en estos textos se autodenominaba Conejillo de Indias B.

Leonardo con gafas de pasta. Buckminster Fuller, Bucky para los amigos, recorrió el mundo más de 30 veces dando unas 6.000 conferencias. Además escribió en sus 87 años de vida nueve libros sin puntuación, y sus propias andanzas y pensamientos los iba recogiendo en diarios llenos no solo de palabras sino también de dibujos, porque Bucky era para si mismo un experimento y autodenominaba “Conejillo de Indias B”. En la imagen un retrato de Boris Artzybasheff (Museo Whitney de Nueva York).

Odiaba el número Pi y desde su más tierna infancia se convenció de la superioridad del triángulo. Con el paso del tiempo concluyó que el tetraedro era la estructura básica en la naturaleza y, por tanto, su forma favorita y esencial. Esta figura expone la máxima superficie y ocupa el mínimo espacio. Un menos que da más. Bucky destilado. “Cuando pinto un círculo, inmediatamente siento unas ganas irrefrenables de salirme de él”, dijo en una de sus citas más célebres. A pesar de ello, las cúpulas geodésicas -estructuras esféricas realizadas a partir de una serie de círculos cuyas intersecciones forman triángulos y distribuyen la presión de forma equitativa por toda la estructura- fueron el mayor éxito de Fuller. Su querencia por los márgenes no le privó de fama. En vida fue calificado como el Leonardo da Vinci estadounidense. Ocupó portadas de revistas y concedió cientos de entrevistas.

Pero Bucky murió en 1983, y con él se fue una parte importante del carisma de sus ideas. Sus fórmulas matemáticas sirvieron para descifrar la estructura de los virus. Su trabajo arquitectónico ha influido a Louis Kahn y a Norman Foster, entre otros. A pesar de todo, Bucky, su inquebrantable fe en la humanidad y sus visionarias ideas sobre la globalización y el desarrollo sostenible quedaron un tanto relegados. “En los últimos 20 años ha sido complicado abogar por el pensamiento de corte optimista que él practicaba. En los sesenta y setenta, todo el mundo saltó hacia los márgenes. Después llegó la vuelta a las trincheras conservadoras y Fuller fue barrido”, explica Dana Miller, comisaria junto al decano de Arquitectura de Harvard, Michael Hays, de la exposición que el Museo Whitney de Nueva York dedica al inventor.

Buckminster nació en 1895 en Nueva Inglaterra en el seno de una vieja familia de la Costa Este. Ocho generaciones de clérigos y abogados le precedieron en el nuevo continente y su tía abuela, Margaret Fuller, fue una destacada feminista y crítica literaria, adscrita al movimiento transcendentalista de Emerson. “Nací en un año extraordinario, en 1895, el mismo en que se inventaron los rayos X y lo invisible se hizo visible. Cuando tenía tres años se descubrió el electrón. A los siete, el primer automóvil circuló por las calles de Boston, y a los ocho, los hermanos Wright volaron por el cielo. Lo imposible ocurría cada día, aceleramos a una velocidad tremenda”, escribió Fuller.

El severo estrabismo que padeció de niño resultó ser consecuencia de su astigmatismo. Un par de gruesas gafas lograron solucionar el problema, pero le mantuvieron alejado del resto de sus compañeros. Él, siempre positivo, pensaba que esta tara óptica fue lo que le impulsó a ampliar la perspectiva. Aseguraba que en la guardería, con cuatro guisantes y seis palillos, construyó su primer modelo tetraédrico. Bucky fue un brillante estudiante de matemáticas, aunque a menudo hacía demasiadas preguntas. Logró que le expulsaran dos veces de Harvard y nunca se graduó. Los veranos los pasó en la isla de Bear, propiedad de su abuela. Allí fue donde quedó absorto por la naturaleza y donde decidió dedicarse a investigar su estructura interna.

Trabajó como aprendiz en una fábrica de maquinaria. Se enroló en la marina estadounidense durante la I Guerra Mundial y al final de ella pasó a formar parte de la empresa de materiales de construcción que fundó su suegro, James Monroe Hewlett. En 1922, su hija de tres años, Alexandra, murió tras una larga enfermedad. Entonces, Bucky se dio a la bebida. Cuando su suegro vendió las acciones y los nuevos propietarios de la empresa decidieron prescindir de sus servicios tocó fondo. Una noche de 1927, frente al lago Michigan, en Chicago, pensó en suicidarse. Al final, tal y como cuenta en sus memorias, acabó diciéndose a sí mismo: “No tienes derecho a quitarte de en medio, no eres el dueño de ti mismo, perteneces al universo”.

A partir de ese momento, Fuller dedicó todas sus energías a propagar sus conocimientos, a investigar, a intentar mejorar el mundo en pro del bien común. “Me di cuenta de que el hombre vivía bajo la mayor falacia posible, que se suponía que uno es un fracaso y tiene que ganarse su derecho a la vida. Pero la verdad es que el hombre está diseñado para ser un éxito”, explicó convencido en El mundo de Buckminster Fuller, el documental que sobre él realizó su yerno Robert Snyder en 1971.

Según Bucky, la sociedad contemporánea no había asimilado las implicaciones de la teoría de la relatividad -cuya explicación mandó en un telegrama de 30 líneas a su amigo el escultor Noguchi-. Las múltiples interacciones y los sistemas que se derivan obsesionaron a Buckminster. “Todo coexiste”, repitió incansable, “lo cóncavo y lo convexo, la tensión y la compresión, los protones y los neutrones”.

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Tras superar su crisis suicida, Bucky dejó a su familia y se instaló en el Village neoyorquino. “Estaba interesado en tensiones y hexágonos, no en su esposa”, explica en el documental Buckminster Fuller: pensar en voz alta el escultor Antonio Salemme, en cuya casa vivió Fuller.

Unos meses después, Bucky ya tenía listo su primer diseño: una casa portátil, desmontable y a prueba de terremotos. Un mástil central sostenía las viviendas. Una tripulación de avión se encargaría del mantenimiento y podría trasladar estos bloques. No se trataba de un mero look industrial, Fuller de verdad se tomó en serio la idea de la casa como máquina.

Ni arquitectos ni ingenieros le aceptaron entre los suyos, pero en 1930 Fuller cobró su seguro de vida y compró la revista Shelter, donde escribían Frank Lloyd Wright y Philip Johnson. En dos años se quedó sin fondos, pero antes logró exponer sus planes en las páginas de esta publicación. En 1933 puso en marcha su siguiente invento: el coche Dymaxion. Construyó tres prototipos, y la policía de Nueva York le prohibió conducirlo por las calles de Manhattan tras provocar un atasco de siete horas en Madison Square. El éxito y el asombro acabaron cuando un grupo de expertos europeos sufrieron un fatal accidente. El conductor murió y, aunque la investigación posterior demostró que otro vehículo había provocado el accidente, para entonces el coche ya estaba enterrado. En el Whitney se expone el único modelo que sobrevivió, una especie de enorme furgoneta Volkswagen pintada de azul.

Inasequible al desaliento, en la década de los cuarenta Fuller diseñó varias casas más. Un viaje por América le hizo reparar en los almacenes de grano que él trató de convertir en viviendas. Bucky también quiso emplear la alta tecnología militar aeronáutica en la construcción de casas y así transformar la industria armamentística en constructoras. En un folleto comercial se anunciaban las maravillas de la nueva casa con fachada de aluminio. De aquello quedó un solo prototipo en Wichita, que hoy todavía sigue en pie. “La magia de Fuller emana de su postura ante la vida y la creación. Él consideraba que no era suficiente con tener una gran idea, había que llevarla a cabo y asumir riesgos”, afirma mientras pasea por la exposición la joven diseñadora y arquitecta Stephanie Smith, fundadora de Ecoshack, una de las empresas punteras de diseño en Estados Unidos.

En 1948, Bucky participó en los cursos de verano de Black Mountain College, una institución en los márgenes del ámbito académico. Allí coincidió con Josef y Ari Albers, con Ruth Asawa, William de Kooning y Kenneth Snelson. El siguiente verano, el inventor consiguió levantar la primera cúpula geodésica. A partir de ese momento, esta estructura ligera y resistente sirvió para cubrir pabellones de exposición, cines, iglesias y hasta para construir columpios.

El hiperactivo Bucky inventó el Juego del Mundo para intentar promover una nueva gestión de la información. Era necesario que se propagase un nuevo mapa del mundo sin discontinuidades -que él había diseñado desafiando los cálculos de Mercator- para poder proyectar y comprender la información acerca de las carencias y los recursos globales. “Fuller quería que se vieran las consecuencias de determinadas acciones”, señala Hays, decano de Harvard y comisario de la exposición.

El movimiento contracultural de los sesenta y setenta le convirtió en un ídolo de rebeldes. “No te fíes de nadie que tenga más de 30 años, excepto de Bucky Fuller”, rezaba una de las frases en boga entre los jóvenes hippies estadounidenses de aquellos años. Las imágenes del enérgico anciano, vestido con austeridad, perorando ante una multitud de jóvenes melenudos aún resultan sorprendentes. “Fuller dijo que Dios era un verbo, habló de acción, de movimiento, de corrientes e interconexiones. Esto es lo que le vinculó al movimiento contracultural y le convirtió en un gurú de los hippies“, explica Hays. Pero Fuller no lo ponía del todo fácil, sus conferencias duraban entre seis y ocho horas. Él lo llamaba “pensar en voz alta”. Hays aún recuerda cuando acudió a verle en la Politécnica de la Universidad de Georgia en Atlanta. “Aguanté cuatro horas, pero la charla duró seis. Me sentí muy inspirado sin saber muy bien cómo o para qué”.

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